miércoles, 3 de marzo de 2010

Sushi, tsunami, hara-kiri

Katsushika Hokusai (1760-1849)
La gran ola (grabado sobre madera)

Cualquier cosa que se diga en estos momentos en que la naturaleza se ha expresado, en su escala siempre mayor, corre el riesgo de parecer ridícula y antropocéntrica. Sin embargo, esta especie de elocuencia ante el “sublime dinámico” -broma kantiana aparte- poco tiene que ver con las escenas románticas que entusiasmaron a quienes, sintiéndose a salvo, en alguna orilla lejana, miraron el naufragio ajeno en pinturas y grabados. Esto es el naufragio propio.

El terremoto que acabamos de vivir y el posterior maremoto nos enfrentan a algo más que la destrucción física y geográfica. En todo caso, no sé por qué ahora les ha dado por llamarlo tsunami, seguro por la misma popularidad del sushi y otros orientalismos. Como si el español no bastara -en su herencia latina- para describir la puesta en movimiento de las aguas, las que, en realidad, nunca han estado quietas, menos aún el Pacífico sur. Maremoto, mare in moto… En fin, lo que debiera estar quieto se movió, terra in moto. Lo que está regido por el gobierno de las mareas operó bajo otras leyes. Una serpiente gigante que sale del mar, su cola arrasó con todo lo que estaba cerca, como si no bastara que nuestro país fuese delgado, aislado, montañoso y subdesarrollado… ahora, además, asolado, desolado.

Pero no escribo esta nota para quejarme porque Poseidón -que le hizo tan difícil la vida a Ulises- se las emprende en contra de esta comunidad de arribistas pseudo-grecolatinos, sino para referirme a lo que la prensa llama el “segundo terremoto”. El “terremoto social”. Pobladas que, en los lugares más afectados, están saqueando las casas y los negocios de quienes lo han perdido todo. Bien, es que literalmente se ha perdido todo. Pero se había perdido mucho antes, se han perdido las bases que fundaron históricamente las estructuras sociales. La violencia que vemos no es causada por el terremoto, no. Es la liberación de una energía guardada por años, años de profundo deterioro de la vida en comunidad. Tal como cuando los sismógrafos explican que la zona del terremoto es una zona llamada “de silencio sísmico” y todos los especialistas esperaban, hace años, un cataclismo como el que vivimos. La gran zona de silencio social se ha manifestado. Un silencio que tiene muchos años. Solo quiero llamar la atención sobre un aspecto, un desequilibrio particular.

Un país democrático, en plena expansión de sus fuerzas armadas, en constante compra y recambio de sus equipos y profesionalización de su contingente militar, que compra barcos, aviones, misiles; que hace grandes despliegues con otras flotas armadas del mundo desarrollado, y no tiene la capacidad tecnológica para que las autoridades civiles de los centros habitados tengan telefonía satelital que los independice del sistema nacional de comunicaciones cuando ocurre un desastre como éste es una vergüenza. Un país en ruinas, mucho antes que el mar se salga. ¿Qué decir? Simple, que esto obedece a un profundo desequilibrio, a una diferencia radical entre los componentes de una misma sociedad. Y después se escandalizan porque las pobladas invaden las supermercados y los saquean. La gente está cansada, esto ha venido a colmar la paciencia y la obediencia sumisa que nos caracteriza. Alguien que ha crecido teniendo poco, que ha trabajado una vida para tener poco y nada, lo pierde todo ¿Por qué tendría que reaccionar de manera culta y ordenada? No nos olvidemos que en el terremoto de 1906 el general Gómez Carreño hizo colgar en la plaza pública a los saqueadores y las hordas que recorrían los barrios de Valparaíso -en el suelo- cortando dedos y orejas, para hacerse de pendientes y anillos de los miles de muertos sin sepultar.

Pensemos un poco menos cándidamente, mejor que las hordas vayan en búsqueda de lo que está en los locales comerciales y en la viviendas destruidas, por suerte que no se les ocurrió ir por los juguetes de punta con que se divierten los militares en su mundo privado. Jardín de las delicias de un país concentrado en compararse con el resto en su riqueza militar, en vez de mirarse a sí mismo y verse en su miseria civil. Nos hemos preocupado de parecer grandes entre los países del cono sur… una potencia… vamos a ir al mundial de Football ¿Qué más se puede pedir? Pues bien, este es el premio a la arrogancia. Por un minuto, o más bien, después de dos minutos y ocho como ocho grados Richter, este silencio histórico se convirtió en una voz, síntoma de los tiempos, sino un signo de la pérdida cultural en que vivimos.

En el coro de Antígona, Sófocles, hace veintisiete siglos, escribió: “nada más pavoroso que el ser humano”, mucho más que la naturaleza, por cierto. Estas diferencias lo prueban. Mientras los presupuestos de armamentos superan los de educación y salud, no puede haber peor forma de manifestación de la bajeza del ser humano. Esa es la causa del terremoto social. Estado, dime en qué gastas y te diré quién eres y lo que cosechas.

Para terminar, mientras la tierra temblaba, estaba con unos amigos en un camping muy cerca del epicentro. Escuché por radio, al secretario de gobierno, decir que no había alerta de maremoto, afortunadamente nuestro instinto pudo más y no escuchamos las voces oficiales. En este caso, creo que esas autoridades, las que niegan su responsabilidad, debieran asumir otra tradición japonesa, así como les gustan los tecnicismos del tsunami y no usar la palabra maremoto, y procedan ahora con el seppuku o harakiri… ellos son culpables de cientos de muertos. Eso sí es vandalismo, eso es violencia. ¿Qué importaba dar la señal para que la gente arrancara y luego agradecer a coro por la falsa alarma? ¿En qué pensaban nuestros especialistas, acaso, en todo lo que sabemos de la naturaleza y en los tecnicismos de si se retira el mar o viene una marejada y las diferencias entre tsunami y maremoto? Por favor ¿Ingenuos o imbéciles, o ambos adjetivos? Ya poco importa. Se trata, siempre se trató, de vandalismo de Estado, un Estado que ha invertido el orden de las prioridades. Que cedió todos los derechos a entidades privadas y ahora pretende exigir deberes a las personas naturales ¿Por qué esa forma de Estado se cree con el derecho de exigir un orden de prioridades que ellos mismos no han guardado? Ellos invirtieron el sentido de la comunidad: primero las armas, la fuerza y lo material; después la salud, la educación y la cultura. Debieran asumir su culpa, pedir perdón. El gobierno habla que no es momento de reflexión sino de acción. Tal vez la primera acción sería pedir perdón. Difícil en un país donde sólo conocemos el perdón otorgado a culpables silenciosos y nunca hemos escuchado a nadie pedir perdón y reconocer sus culpas. Pero eso ya es historia.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Fantasmas Verbales

Desde que regresé a vivir a Chile no he sido capaz de escribir una sola línea. Y no es que no me haya sentado varias veces a hilar algunas frases. Buscaba volver a esa práctica que alcancé mientras vivía en Italia. Cada vez que probaba no me resultaba agradable. La razón creo saberla. El hecho de volver a un espacio donde el flujo interno del pensamiento coincide con las voces y las conversaciones del entorno, hace que aflore esa maquinaria perfecta que es el sustrato inconsciente más primario. Es así como en este espacio idiomático uniforme, sin la obligación bilingüe del extranjero, aparece la figura siniestra con que se acuñaron los grandes temores, el horror que sólo la infancia nos hace conocer y las sentencias filudas que tan bien reflejan dichos y adagios populares de nuestro país.
Por ejemplo: “Quien ríe en viernes llora en domingo” o “la risa abunda en la boca de los tontos”. Formas verbales que buscan dominar cualquier atisbo de individualidad segura e inspirada y aplacan cualquier espíritu que intente elevarse. La que recuerdo mejor, es una que en boca de mi madre era muy eficaz. La decía antes que saliéramos de visita donde parientes y amigos, con un tono entre Medusa y Medea: — “No te vayas a lucir… me oíste”.
Porque así como el lenguaje nos permite el habla, también nos la quita. Por eso, ayer, mientras pasaba algunas horas en un baño turco del centro, intentando conciliar cuerpo y alma, y delante de mis ojos se paseaba la humanidad en su dantesca desnudez, resolví que rompería el hechizo, expulsándolo por medio de un texto que diera cuenta del poder de esta fuerza originaria. Algo así como una escritura homeopática.

Es así como siento que he perdido la fuerza para establecer el más mínimo enunciado y todo se oscurece. Privado de luz es difícil lucir o lucirse. En ese escenario la transmisión represora vuelve a verter en nuestro oído la inseguridad más profunda. Eso es lo que precisamente se disipa cuando nos adentramos en otro idioma. Porque en esos otros espacios las sentencias lapidarias que nos debilitan desde la infancia pierden su poder y, por lo tanto, vivimos otro tiempo.
Sé que parecerá poco erudita la comparación y sobre todo inadecuada, pero es más o menos el caso de Superman y la criptonita. Lo que lo hace fuerte en la Tierra es que ese mineral, del que está hecho su planeta de origen, no existe. Algo similar me ocurre al volver a Chile y volver a un ambiente idiomático original, salvando las distancias con el hombre de acero, pierdo la libertad que me permitía usarlo cuando vivía en un contexto necesariamente bilingüe. Por eso insisto tanto a mis estudiantes sobre la necesidad de aprender otros idiomas. Es el modo de asegurarse un mundo donde ser poderosos y correr menos riesgo de ser debilitado por las sentencias de los archi-enemigos. Aunque, a diferencia de Superman, los superpoderes más que permitirnos ayudar a los indefensos y salvar el mundo, nos permiten — a pesar de las erratas y las faltas de ortografía— salvar nuestro mundo interno.

martes, 23 de junio de 2009

Interior con fantasma



En general el día sábado no voy a la biblioteca porque la sala donde estudio cierra, sin embargo, las del tercer piso están abiertas. No está muy lleno, entro, voy directo al fondo. Mientras preparo mis cosas me doy cuenta que frente a mí hay una especie de composición, como se dice en términos artísticos.
Un joven de unos treinta y cinco años con dos libros y un cuaderno sobre la mesa. A su lado, en la cabecera, está sentada una mujer de unos sesenta y cinco años, que no está leyendo. Ella –no es difícil suponerlo– está simplemente acompañándolo. Se parecen mucho, sin duda es su madre. Ni siquiera ojea un libro, es como si estuviera en una sala de espera. Es un fantasma a su lado, como si cada uno anduviera por la vida con un antepasado que lo escolta. Ella no está en la biblioteca, está con él, no vino a leer, vino a hacerle compañía. Lamento no haber traído la cámara fotográfica. Es el inicio de algo, un film, una novela, un cuento. Sé que no podré leer ni una página del libro que traje. Cada vez que ella cambia de posición es un nuevo fotograma. Apoya la cabeza, se arregla la falda, se toca la nariz, los anteojos, revisa el estuche de su hijo que está sobre la mesa, lo abre y saca una billetera. Él sigue leyendo como si estuviese solo, página tras página. No la abre, la billetera es negra, repasa con sus dedos los bordes gastados, brillantes, está deformada por el uso. La deja. Trato de no mirarlos por un rato. Ahora está sentada con los brazos caídos como si nada de lo que hace importara. En realidad no importa, sus movimientos no son una coreografía que suponga causa y efecto.
Mira a una estudiante que pasa y que viene a sentarse una mesa más acá. Se toca las manos como si estuviese aplicándose crema humectante. Pasa otra hacia las salas del fondo y la mira de arriba abajo. Sigue masajeándose las manos. Llega una pareja de estudiantes que por desgracia se sientan justo delante de ella, sólo veo a su hijo que continua la lectura. Se parecen tanto. Él sostiene el libro un poco levantado, lo apoya. No la mira, no se fija en nada de lo que ocurre a su alrededor, nada lo distrae. Se escuchan pájaros, el movimiento de las sillas, gente que entra y sale de la sala. A pesar que no la veo, la imagen del hijo remite a su madre, que hasta hace poco podía ver como un retrato en un salón. Finalmente, la estudiante se agacha, avanzando el cuerpo para escribir más cómodamente sobre un cuaderno. Así puedo volver a ver a la mujer. Está con la cabeza hacia delante, el cuello estirado, lee lo que su hijo lee, siguiendo con la mirada las palabras. Un cuadro pedagógico. El joven, de más de treinta y cinco años estudia, la madre, que dobla su edad, lo acompaña.
La estudiante deja de escribir y vuelve a levantarse. Pierdo de vista a la madre, pero deduzco lo que ocurre. Él le muestra algo en el libro. La muchacha vuelve a escribir. La madre lee con desgano, mira sobre los anteojos, lo que su hijo le muestra, sonríe, también con desgano. Él vuelve a su lectura, ella como si se desconectara completamente vuelve a la espera. Mira fijamente el guardapolvo del librero que está detrás, no se detiene mucho tiempo en eso. En nada más bien. Estira su mano y levanta una hoja del cuaderno de su hijo, él la mira y le sonríe. Ella no lo ve porque ya está mirando para otro lado. Él escribe en el cuaderno, ella lo mira escribir. Podría ser enternecedora la imagen de una madre que mira a su hijo, sin embargo, en la biblioteca, a la edad de cada uno de ellos, la escena se enrarece. Ella parece un fantasma a su lado. Él es el fantasma de sí mismo y su infancia. Ella representa la vida pasada, él la medida, o más bien la relación de medida. Él mira su reloj, ella al vacío. Lo que me llama la atención es el desprecio con que mira al vacío.
Una hora después vuelvo a fijarme en ellos. Ella escribe algo en el cuaderno. Él la mira escribir y luego lee atentamente. Se miran, él vuelve a la lectura, ella a la espera. Se mira las uñas y repasa cuidadosamente una con otra. Afuera suena la diana, no es broma, hoy es fiesta en Perugia. Se celebran dos cosas, el día en que el ejército piemontés entró en la ciudad durante la unificación de Italia en 1859 y, al mismo tiempo, coincide con el día en que, durante la Segunda Guerra, los aliados entraron en la ciudad para liberarla. Unificación y liberación, simultáneamente, así es la vida.
Ahora la mujer tiene los dos codos apoyados sobre la mesa y su cara en las palmas de las manos. De la espera hemos pasado al aburrimiento. Él le dice algo, se paran, toma sus cosas y se acercan a la salida, ella lo toma del brazo antes de llegar a los escalones. No puedo evitarlo y los sigo. Él devuelve los libros a la encargada de la sala, la madre espera sentada al lado de un fichero gris. Le entregan unas fotocopias y luego van hacia el ascensor. No tengo el coraje de subirme con ellos. Bajo las escalas, sé que el ascensor es lento y que tengo tiempo para llegar abajo antes que salgan. Veo que caminan hacia el hall. Se devuelven, van hacia los baños, ella se fija en la puerta, busca el de mujeres, sin embrago son mixtos, individuales pero mixtos. Él entra en el que tiene el número dos, ella en el tres. Los espero en el hall. Se demoran, empiezo a pensar que salieron sin darme cuenta. Voy hacia los baños, ella lo espera afuera. Brazos cruzados, el suéter puesto sobre los hombros, lo espera. Vuelvo al hall. Salen sin hablarse, madre e hijo.
Vuelvo a la sala, tomo una revista y la abro en una página cualquiera, no puedo dejar de pensar en la escena que acaba de terminar. Leo una reseña que comenta que hace menos de un mes apareció en italiano un volumen publicado por Manfred Pohlen titulado «En análisis con Freud». Se trata de un caso clínico que no fue escrito por Freud sino por uno de sus pacientes, conocido como «el hombre que perseguía a las mujeres». El doctor Ernst Blum se sometió a una terapia en 1922, la que transcribió estenográficamente a pesar que suspendió repentinamente el tratamiento. En fin, cada uno persigue lo que puede, conciente o inconscientemente, unificación o liberación.

martes, 2 de junio de 2009

La venus migratoria


Recientemente la revista «Nature» anunció el descubrimiento del arqueólogo Nicholas Conard, Universidad de Tubinga, Alemania, de una estatuilla antropomorfa de marfil de mamut. Se trataría de la más antigua representación de una figura humana, mide seis centímetros y tiene la cabeza en forma de argolla de manera que pudiese colgar del cuello de un Homo sapiens, hace al menos 35mil años.
Es una mujer, tal como las que suelen ilustrar los libros de pre-historia, figurillas de abundantes proporciones que representan el opuesto exacto del ideal de belleza de las actuales revistas de moda. Mientras las publicaciones científicas muestran las gordas de hueso, en las otras, aparecen flacas en los huesos.
No busco reivindicar los derechos paleontológicos de la mujer sino retomar un pasaje de la nota de P. Mellars en «Nature», en la que afirma que la venus de Hohle Fels sería una muestra del "primer arte moderno". Un cliché tan ofensivo para un historiador del arte como para una feminista, el magro ideal de mujer tan en boga. Las venus más antiguas eran aquellas descubiertas en los Pirineos y Rusia meridional que datan de 29 o 25mil años atrás, y a pesar que en esos mismos sitios se encontraron representaciones sexuales masculinas tan explícitas como sobredimensionadas, aún hoy, no es fácil asumir la profunda antigüedad de estas formas; las que — como bien recuerda Mellars — pueden obedecer a razones chamánicas o adjudicarse a un modelo dualista de oposición sexual (masculino-femenino), no se sabe.
Mellars subraya además el hecho que estas imágenes son fruto de migraciones del Homo sapiens hacia Europa desde África, lugar donde a pesar que encontramos dibujos geométricos abstractos de 75mil años atrás e incluso de 95mil años, en nada igualarían este último hallazgo. Sostiene además —y de aquí surge mi perplejidad— que "el acontecimiento de un arte figurativo pareciera ser un fenómeno europeo", sin documentación previa en África o en otros lugares del planeta hasta 30mil años. De modo que la "explosión simbólica"— cito — "estaría asociada al origen y a la difusión de nuestra especie, reflejando una profunda reorganización de las capacidades cognitivas del cerebro y quizás un progreso análogo de la complejidad del lenguaje".
No entiendo. Porqué a veces, para la ciencia, según convenga, la abstracción está asociada al pensamiento complejo y en otras a formas primarias de representación. No puedo dejar de pensar en Riegl que en su tratado sobre el ornamento, publicado a fines del XIX, explica cómo para dibujar un elemento sobre una superficie plana se necesita una capacidad creativa mayor, ya que no se trata de imitar sobre la materia la estructura de un cuerpo que se tiene delante de los ojos como modelo, sino trazar su figura. Así, el contorno, el esquema abstracto, que en la realidad no existe, requiere de un tipo preciso de hallazgo representacional basado en complejas estartegias de invención visual (1). Un proceso que en las artes visuales, la literatura o la música se llama «referencia», e implica el núcleo de la constitución de las metáforas y de la posibilidad que esas mismas metáforas, así como las que vendrán, sobrevivan en el contexto de las formas simbólicas, más allá de la dirección geográfica que haya seguido el motivo o la figura original en el paradojal mundo de las influencias.
Por lo tanto, estimado mister Mellards, la carrera por el descubrimiento del monopolio de la figuración no ha terminado aún. Quizás en este momento un arqueólogo africano lee su artículo, pensando en la ingenuidad de creer que estas formas de supremacía historiográfica puedan perdurar. Piense por un momento en la marcha continua hacia el hemisferio norte y cómo hoy mismo grupos de africanos son devueltos a las costas del continente del que huyen del hambre y la guerra. Estoy seguro, más aún después de esta prueba científica proporcionada por «Nature», que esto se reflejará, en algunos miles de años, en un retroceso en las capacidades cognitivas, las mismas que hoy nos permiten celebrar el triunfo de la figuración sobre la abstracción geométrica como un fenómeno europeo.

(1) A. RIEGL, Problemi di stile: fondamenti di una storia dell’arte ornamentale, (1893) Milano, Feltrinelli, 1963, p. 14.

jueves, 14 de mayo de 2009

A blog muerto blog puesto


Casper David Friedrich.Paisaje con tumba y lechuza (1836-7) Sepia (17x20.4cm)

Hace algunas semanas leí en un reportaje a propósito de una reunión realizada en Nueva York, donde habían llegado los más grandes bloggers de la red. Entre muchas y muy distintas anécdotas que relataba el periodista, había una que me golpeó. Citaba una frase digna de un big-blogger: "un blog que no es actualizado continuamente muere"… La frase no me dejó indiferente, haciéndome pensar en esa jodida compulsión que tenemos los intelectuales por andar decretando el nacimiento y la muerte de las cosas. Es más, hace casi seis meses que no actualizaba mi blog y se debe precisamente a que tengo una especie de horror a que este tipo de formato, supuestamente libre, se transforme en una tarea más en nuestra pequeña vida.

La pregunta que me hago, cuando pienso esa sentencia, no es sobre cómo hacer para mantener activa la página en cuestión, sino en la idea que un blog esté vivo. Esto conduce a otro hábito, el de imaginar todo bajo un paradigma biológico y creer que el blog es como ese vasito con algodón que llevamos a nuestra casa desde la escuela, donde por algunas semanas estuvimos atentos al crecimiento de una incipiente legumbre, la que por cierto luego de parir dos o tres hojas verdes, no nos interesó más… el resto eran todas iguales.

Pero no sólo pensé en eso. El otro tema que me inspira el aforismo del lider de los bloggers es: ¿porqué mejor no preguntarse por la sobrevivencia de quien escribe? Es decir, por qué dedicamos nuestro ingenio a pensar en las leyes del nacimiento y muerte de las cosas, sin siquiera cuestionarnos por lo que efectivamente sostiene el blog. Es decir, el hecho de que quien lo escribe esté vivo y que exista alguien en algún sitio, del otro lado de al panatalla, que lo lea.

¿Qué sucede una vez que el autor del blog muere? Más de alguno habrá ya pensado en crear un cementerio de blogs. Algo tipo como para los tamagochis pero para las cenizas digitales del rincón electrónico de nuestra memoria ciber-asistida. El negocio seguro que ya existe –sobre todo si yo lo puedo imaginar– sin duda alguien ya usufructúa, trabajando en una especie de arqueología digital que, muy pronto, quizás permita crear un departamento de alguna facultad universitaria. El departamento tendría que ser interdisciplinario, porque, como otros objetos de la cultura del último siglo, el blog se encuentra en medio de varios campos, desde la tecnología hasta la literatura, pasando por la antropología y sin duda la historia de las ideas. «Blog studies»… quizás la placa ya reluce en alguna puerta.

La idea que un blog pueda morir, me pareció particular. Sobre todo porque de paso nos permite deducir que hay vida en un blog. ¿Cuál es el pulso vital de un blog? ¿La cantidad de visitas, como si fuera un salón intelectual al estilo clásico, los reenvíos realizados desde sistemas de búsqueda, o simplemente el hecho que esté ahí, flotando en esa extraña dimensión que llamamos ciberespacio? Sé que la discusión parece alcanzar ribetes éticos, los que más de alguien considerará absurdo a esta altura del siglo, de las necesidades y las urgencias que efectivamente debieran ocupar nuestras divagaciones. No obstante el contexto y lo crítico de la situación del mundo real, no puedo negar que la pregunta por la vida del blog y la muerte del blog, alcanza además la vida del blogger y su muerte. Más de algún inocente superdotado creerá que ésta es otra más del Poder (malo, absoluto, divino y violento) y estará pensando en ligarla a la escalada de muerte que ocupa la prensa amarilla de los intelectuales. La muerte del arte, la de los grandes relatos, el fin del capitalismo y todas esas patrañas que hacen que los "intello" (como le dicen los franceses) se sientan que están en la cresta de la ola, a punto de reventar… En eso tienen razón… sin duda alguna… siempre, hoy más que ayer y un poco menos de mañana, estamos a punto de reventar y desvanecernos, ahora sí, para siempre.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Reseñas de amigos: una disputa bibliográfica

Alberto Duero, Revelaciones de San Juan
(Apocalipsis), xilografia, 1497-1498

A veces se hace difícil identificar ciertos elementos que conforman nuestra vida psíquica, cuando éstos ya se han convertido en hábitos arraigados que tienen la capacidad de hacernos pasar con facilidad del estar al malestar.

Con esta referencia a una dimensión sicológica general (me gusta el término porque de seguro es totalmente erróneo y anacrónico) presento estos elementos preliminares un tanto ambiguos, temiendo parecer demasiado severo, ya que no siempre nuestras opiniones son interpretadas como un aporte al bienestar común y el propio, sino son asumidas como una versión torpe de una moral de la que nos volvemos únicos predicadores.

No es que pretenda hacer una reseña de mis amigos, como si fueran libros o películas, pero es evidente que no es fácil escribir sin hacer referencia a una parte fundamental de la vida, tan importante como lo que leemos, lo que vemos y lo que conversamos. Zona donde por cierto cabe la categoría de «reseña de amigos».

Los amigos son quizás uno de los objetos interactivos más completos que se pueden encontrar (junto al perro y sucedáneos afectivos por el estilo). La amistad antecede a las formas actuales de dependencia tecnológica que causan tanta impresión a quienes crecimos con juguetes que, en su versión más avanzada, incluían una pila, o dos. Este factor tecnológico al poco tiempo los hacía caducar, no por su complejidad sino precisamente por la precariedad de sus sistemas. En este sentido no puedo dejar de recordar la propuesta del artista argentino Roberto Jacoby, cuando en algunos de sus proyectos colectivos como (Proyecto Venus o Bola de Nieve) reconoce la amistad como una tecnología esencial, acaso la más potente y renovable.

No obstante todas las características positivas que tiene esta forma de afecto, hay que reconocer también que, a veces, la cercanía nos juega malas pasadas y de una pacífica interacción se pasa a la contienda, perdiéndose cualquier acuerdo de base. En todo caso, lo bueno de los amigos es que se van a dormir a su casa y después de la discusión, si las cosas no terminan tan mal, la retomamos —como los libros— desde el lugar donde la dejamos. En otros casos, seamos realistas, ni siquiera nos acordamos que alguna vez habíamos empezado la lectura. Sin duda ya debe existir un manual, como aquel histórico de U. Eco sobre cómo se hace una tesis, pero sobre como conservar a los amigos. Sé que puede sonar a texto de autoayuda, pero en fin, muchas de las lecturas que hoy llamamos Filosofía fueron escritas con un objetivo similar. Volveré más adelante sobre el tema de los manuales y sobre el de Eco en particular. Antes quiero contar el caso que me motivó a escribir esta nota.

Hace una semana, conversando con un amigo y colega (el término es horrible, parece necrológico de diario de provincia pero me sirve para evitar cualquier infeliz escritura en clave) mientras hablábamos por teléfono sobre libros leídos y por leer, me sentí —sin yo quererlo— haciendo de antagonista.

Desde el inicio, apenas nos saludamos, me dijo que estaba mal, desgraciadamente yo ya me había declarado satisfecho con mi vida de lector. La conversación comenzó como un juego de ajedrez, uno con las negras, evocando las piedritas con que los romanos calificaban la suerte de los días y el otro (yo en este caso) con las blancas, representando a la buena fortuna.

Yo mencionaba un autor vivo, con un renovado estilo de escritura, ágil y comprensible, y mi amigo —a modo de respuesta— me daba un breve discurso sobre la muerte del diálogo, la imposibilidad de un lector y la catástrofe estética en la que Occidente se hundió desde hace un rato. Me sentía como un bufón que trata de hacer reír a un príncipe melancólico. No sé, quizás ese día era especialmente triste para él y particularmente alegre para mí, no lo sabremos. También podría ser que se tratara de una diferencia bibliográfica grave. Y lo digo no sólo porque se trataba de elencos que dejaban ver recorridos diversos, sino porque no pudimos resolver este forcejeo fácilmente. La conversación terminó con nuestros repertorios bibliográficos más distantes que cuando habíamos iniciado el coloquio. Yo mencionaba a Stendhal, él a Adorno, Burckhardt/Benjamin, Ruskin/Nietzsche, Proust/Loos, Warburg/Beckett, Borromini/Le Corbusier, etc… La sucesión representaba dos bibliografías bien claras. Una acentuaba las luces, la otra, las sombras. Una era ciertamente más ideológica y menos inclusivaque la otra. Este contraste me hizo pensar en dos aspectos que desequilibraban nuestra conversación.

Fue Gabriel Naudé, el primero en usar el término «bibliografía» hace más de cuatro siglos cuando le encargaron hacer un catalogo de libros y autores en un momento en el que no tenía cerca una biblioteca y no pudiendo citar con precisión los títulos ni describir las ediciones se excusó titulando la obra «Bibliographia Política» (Venecia, 1633) y que se puede traducir como "un catalogo a mano alzada".1

La segunda cosa en que me hizo pensar nuestra conversación era la compleja red de referencias bibliográficas que establecemos, dependiendo donde nos encontremos, y cuan revelador es revisar los componentes que nutren nuestro espíritu científico. Sé que puede sonar a tips nutricional, como los que vienen en las revistas de Sodoku, pero no me cabe duda que somos lo que comemos y, si de libros se trata, por cierto que somos lo que leemos. Es una tesis —como algunos platos— fuerte.

En este sentido —el de la dieta— mi amigo estaba triste y estoy seguro que es lo que come lo que, en parte, le está haciendo mal. Es más, conociéndolo como lo conozco (así como a otros de nuestra generación) estoy cierto que crecimos convencidos que lo que hace mal es mejor que lo que podría hacer que nos sintiéramos mejor ¿Me explico? Creo que en parte los valores que los intelectuales consideramos más profundos, serios y sustanciales, nos tiene convertidos en obesos mórbidos del pensamiento. Obvio, nos alimentamos de una dieta en blanco y negro, donde la negatividad es el carbohidrato base de la pirámide alimenticia. No digo que haya que eliminarlos de nuestros tentempiés y meriendas, pero sí pienso que debiéramos controlarlos.

El valor de la oscuridad por sobre la luz, lo complejo sobre lo simple, lo triste sobre lo alegre. Es así como hemos terminado saturados. Pareciera que la satisfacción que produce la negatividad, como si se tratara de un principio activo fundamental para la acción crítica, nos alejara de un régimen demasiado severo, del que nos distanciamos a medida que engrosamos. La intencionalidad crítica pareciera cumplir el rol que antes se le asignaba a la ideología misma y es esa sensación la que funciona como placebo, dejándonos sin capacidad de reacción y sobre todo de acción, haciéndonos creer que basta para cumplir nuestro rol fiscalizador. El intelectual comprometido (este término sí que es antiguo) es quien subraya los horrores y la discordia, el desastre inminente de un mundo colosal y negro. No lo sé, algo me dice que podríamos darle cabida a otros aspectos, no digo que la existencia sea el Paraíso, pero por qué anteponer las tinieblas como el paisaje ideal para nuestras divagaciones.

Hace treinta años, Alfonso Berardinelli, reseñando un libro que acababa de aparacer y que causaba furor en las universidades de Italia, criticó el libro de Umberto Eco, «Cómo se hace una tesis», 1977. En su ensayo, «L'estasi e la laurea» (que podemos traducir como «El extasis y la licenciatura», recopilado en: Il critico senza mestiere: scritti sulla letteratura oggi. Milano, Il saggiatore, 1983, p. 39-50) Berardinelli, insiste sobre el hecho que el libro de Eco adolece de cierta ceguera ante los hechos que habían golpeado el mundo universitario después de Mayo del '68. Pienso que no exagero si afirmo que lo acusa de ser anacrónico y moralista, de estar alejado de las circunstancias políticas y alejado del nuevo rol del estudiante y del académico en la realidad universitaria de ese momento. Un poco así sentí las palabras de mi amigo, las que me recordaban todo lo malo que ha ocurrido en el último siglo, como para que nuestra conversación telefónica tratara de frivolidades como la felicidad, la belleza y el placer de escribir. Algo me decía que si le decía lo que realmente estaba pensando en ese momento nuestra plática acabaría como cuando lanzamos lejos un libro que estamos leyendo.

No me era fácil superar la sensación de estar siendo reprendido por haber caído en la trampa enajenante que históricamente ha narcotizado la vida de los pueblos. En este caso, preferí callarme y dejar el juego en tablas. Sin embargo, su tristeza me hacía pensar en una propuesta de Raymond Aron, realizada diez años antes del mayo del '68, que destacaba un hecho concreto que describe perfectamente la vida intelectual, ya que mientras la religión puede considerarse el opio del pueblo, el poder es en realidad el opio de los intelectuales. Fuerte pero cierta.

Quizás la pena profunda que vive mi amigo se deba a que comienza a darse cuenta que devorar libros no nos conduce a la gloria, muy por el contrario. Sin llegar al extremo del hombre que devora libros en la imagen de Durero de las revelaciones de San Juan (Apocalipsis) que usé de frontispicio, creo que un cambio en la bibliografía puede cambiar nuestras vidas. Me preocupa cómo esto se traduce en las selecciones bibliográficas y cómo se refleja esto en un filtro general negativo, que es valorizado como si se tratara de un criterio de erudición superior que lo diferencia de la superficialidad.

Callé la frase de Aron, porque me hubiera hecho merecedor del título categórico de "burgués conservador". Sería más divertido si mi amigo me acusara de proletario conservador, pero en fin, eso hubiera cambiado el destino de la conversación. No resuelvo nada con arrepentirme ahora de no haberlo hecho. De todos modos, es un amigo y lo admiro como intelectual, no en todos los sentidos del término, claro está. Espero que no piense que tiene que aleccionarme para que no me pierda en los océanos de la autocomplacencia, y que conserve el placer al conversar con sus amigos. De otro modo, mejor saltamos todos por la ventana del planeta con libros y todo.

(1) Ver: Luigi Balsamo, La bibliografia: storia di una tradizione, Firenze: Sansoni, 1992

martes, 18 de noviembre de 2008

Intelectuales bonsai

Jacques-Laurent Agasse, Retrato de caballo (1794-95)
óleo sobre papel, 36 x 44cm, Colección privada


Hace un par de días conversaba por skype con una amiga en Chile, a miles de kilómetros de distancia de mi escritorio. Hablábamos de autores, libros, imágenes, es decir, de referencias. Mientras cada uno aportaba con una pieza a la alineación de lecturas recientes y relataba las últimas aventuras bibliográficas, di con una imagen que he buscado por años para describir la vida del intelectual en Chile.
La equivalencia que imaginé se relaciona con un tipo de equino, poco glamoroso, pero muy querido por los niños: el pony. Una especie que creció en un lugar aislados donde la falta de espacio y restricción nutricional, por cuestiones de adaptación, redujo su tamaño al mínimo. No somos menores sino miniaturas, no somos inferiores sino ajustados. En términos botánicos: intelectuales bonsai.
Esta reflexión puede parecer afectada por un tonillo aristocrático y europeizante, digno de quien habla desde el podio fiado del clasicismo greco-latino, el que sin duda se ve más fastuoso si se mira desde el agujero del fondo del cono sur y coloreado por el cristal del sentimiento común del resentimiento. En todo caso, soy sincero en el intento por explicarme cuestiones con un hondo trasfondo psicoanalítico. (Aparte) La metáfora que propongo, por la raíz liliputiense que encierra, quizás permita incorporar esta nota al género de la literatura utópica (feliz o infeliz).
Sé que la imagen del caballito es un tanto grotesca, pero me sirve para describir en parte las peripecias vividas durante mi formación. La situación insular, la altura de la cordillera, la ubicación general en el mapamundi, debiera considerar además la condición de distancia idiomática, así como la compleja red de migraciones que traza la historia de los referentes, cuestión determinante para la constitución del «pony chilensis».
Esta alegoría ecuestre me hizo pensar en una anécdota que viví hace algunos meses, cuando un académico romano me presentó una joven psicoanalista italiana en un pasillo de la universidad. La primera frase que ella pronunció, luego de decir su nombre, nos embarcó en una secuencia de equívocos, breve pero triste.
—¿Usted es chileno… como Matte?.
—¡Ah! sí, respondo, Matta, claro.
—No, dice ella, Matte.
—Insisto, con tono de duda ¿Matta, el pintor?
—No, responde sonriendo amable, Matte, Matte-Blanco, el psicoanalista.
Debo reconocer que en ese momento las patas traseras del pony flaquearon y a pesar de saberme un ávido lector, medianamente culto, algo me decía que en mi lista de chilenos tipo champion primero está Matte, Rebeca (la escultora). Era difícil que la señorita Freud conociese a tan notable artista nacional, a pesar que la Matte pasó parte de su vida en Florencia a comienzos del siglo XX. El siguiente en orden alfabético era Maturana, Humberto, eminente biólogo, a quien ella por cierto había leído (como gran parte de los estudiantes italianos). Qué vergüenza, el asunto iba mal, no se trataba del padre de la pintura, ni de la madre de la escultura, ni del padre de la neuro-lingüística y, así y todo, aún no hacía pié en la genealogía criolla.
En ese momento se me ocurrió hacer algo que los chilenos sabemos hacer y le pedí perdón, aceptando que no conocía ni remotamente al personaje:
—¿Matte-Blanco?… disculpa pero no lo conozco ¿Quién es? (en italiano esto suena más digno, lo juro).
Quienes lean esta nota y tengan una formación en psiquiatría y psicología seguramente se reirán a carcajadas de la descripción del humanista perplejo o del bochorno del chileno ignorante que se cree «inteló», como dicen los franceses, ¡y-no-conoce-a-Matte-Blanco!

Ignacio Matte-Blanco, nació en Santiago en 1908 y falleció en Roma el año 1995. Elemental, tuvo olfato y se resistió a las inclemencias y penurias insulares, abandonando la manada y buscando otros corrales. Sé que mi relato parece como si estuviera haciendo la reseña del Rey León, pero es verdad. Cuando empecé a leerlo con el entusiasmo que caracteriza al obsesivo en falta, supe que en Europa y Estados Unidos se reconoce a Matte-Blanco como uno de los más grandes teóricos post-freudianos. Esto no lo digo yo ahora que sé, ni Wiki, sino las revistas y libros donde fui a buscar, luego del impasse. Publicó fundamentalmente en inglés. En español se conoce su primer libro Lo psíquico y la naturaleza humana, Santiago, 1954, más algunos artículos en recopilaciones. La obra con la que alcanzó fama mundial se titula The Unconscious as Infinite Sets: An Essay in Bi-Logic, Londres, 1975. Una verdadera cantera para quien quiera entrar en un nuevo rumbo de las lecturas postfreudianas, incluido por cierto el campo de la filosofía y la estética. Luego, Thinking, Feeling, and Being. Clinical Reflections on the Fundamental Anatomy of Human Beings and World, Londres, 1988. Sus escritos sobre arte y poesía fueron reunidos en una edición italiana titulada Estetica e Infinito, Roma, 2000.

En Chile existe un instituto clínico que lleva su nombre, durante el mes de octubre hubo varios congresos con motivo del centenario de su nacimiento, pero algo hace que no suene en otros contextos. Por lo tanto, me pregunto: ¿Por qué no aparece nombrado en las bibliografías de los cursos de filosofía, teoría del arte y estética que están repletos de títulos sobre psicoanálisis, si Matte-Blanco escribía en los mismos años en que se gestaba el vocabulario anti-edípico y los tubérculos sobreesdrújolos que se sirven en la cocina del texto de arte chileno crecía en las mesetas parisinas? ¿No será que los que han comprado el libro han preferido leerlo del original, dejando a Matte-Blanco por casi treinta años entre sus tesoros ocultos, sin que los otros ponies conozcan su obra? ¿Recuerdan a Skar, el hermano malo del Rey León, tío de Simba?
La respuesta-pregunta del inocente pillo sería:
—¡Cómo! ¿Me vas a decir que no lees inglés? ¡Por favor! Leer a Matte-Blanco en español es un pecado.
En fin, mejor pensar que se trata sólo de una tara congénita y que una característica de la vida del pony pasa por un comportamiento egoísta debido al trauma de la escasez.

Para el psicoanalista chileno la matriz de trabajo que le permitió pensar un más allá del modelo tradicional fue la noción de "marco referencial". Este concepto ya me parece un regalo para los discursos de las artes. Cito del libro del '54:

"Nuestros conocimientos del mundo, cada uno de ellos, son en un último término un conocimiento de relaciones [...] Un hecho es una cosa que está siempre definida respecto a un marco de referencia y este marco a un sistema de relaciones. De este modo una misma «realidad» puede ser descrita en relación con diferentes marcos o sistemas de relaciones, algunos de los cuales pueden ser más adecuados y pertenecer a un orden más general que nos permita hacer previsiones más cuidadosas y más numerosas" (Matte Blanco. Op. cit., 1954, p. XXXI.)

En su libro El inconsciente como conjunto infinito, en el que trata de problemas de psicoanálisis y las matemática, Matte-Blanco plantea asociaciones y términos que estoy seguro podrían ayudar a pensar la historia y la teoría del arte chileno y, por qué no, parte de nuestros problemas políticos.
¿Por qué este libro no habrá encontrado aún un editor en español? Una publicación de este tipo haría posible reconocer los orígenes de las diversas líneas referenciales, siempre parciales, como todo árbol genealógico, con dudas y vacíos, pero sobre todo permitiría explicar algunas cosas. Ciertas mañas, algunos tics y, por cierto, resistencias congénitas derivadas del hecho de haber nacido en estas tierras angostas.
Me pregunto ¿Será cuestión de self el que nadie lo haya traducido?
—¡Sí!, responde Skar desde el ángulo más oscuro de la sabana, ¡Asuntos de my self!