jueves, 14 de mayo de 2009

A blog muerto blog puesto


Casper David Friedrich.Paisaje con tumba y lechuza (1836-7) Sepia (17x20.4cm)

Hace algunas semanas leí en un reportaje a propósito de una reunión realizada en Nueva York, donde habían llegado los más grandes bloggers de la red. Entre muchas y muy distintas anécdotas que relataba el periodista, había una que me golpeó. Citaba una frase digna de un big-blogger: "un blog que no es actualizado continuamente muere"… La frase no me dejó indiferente, haciéndome pensar en esa jodida compulsión que tenemos los intelectuales por andar decretando el nacimiento y la muerte de las cosas. Es más, hace casi seis meses que no actualizaba mi blog y se debe precisamente a que tengo una especie de horror a que este tipo de formato, supuestamente libre, se transforme en una tarea más en nuestra pequeña vida.

La pregunta que me hago, cuando pienso esa sentencia, no es sobre cómo hacer para mantener activa la página en cuestión, sino en la idea que un blog esté vivo. Esto conduce a otro hábito, el de imaginar todo bajo un paradigma biológico y creer que el blog es como ese vasito con algodón que llevamos a nuestra casa desde la escuela, donde por algunas semanas estuvimos atentos al crecimiento de una incipiente legumbre, la que por cierto luego de parir dos o tres hojas verdes, no nos interesó más… el resto eran todas iguales.

Pero no sólo pensé en eso. El otro tema que me inspira el aforismo del lider de los bloggers es: ¿porqué mejor no preguntarse por la sobrevivencia de quien escribe? Es decir, por qué dedicamos nuestro ingenio a pensar en las leyes del nacimiento y muerte de las cosas, sin siquiera cuestionarnos por lo que efectivamente sostiene el blog. Es decir, el hecho de que quien lo escribe esté vivo y que exista alguien en algún sitio, del otro lado de al panatalla, que lo lea.

¿Qué sucede una vez que el autor del blog muere? Más de alguno habrá ya pensado en crear un cementerio de blogs. Algo tipo como para los tamagochis pero para las cenizas digitales del rincón electrónico de nuestra memoria ciber-asistida. El negocio seguro que ya existe –sobre todo si yo lo puedo imaginar– sin duda alguien ya usufructúa, trabajando en una especie de arqueología digital que, muy pronto, quizás permita crear un departamento de alguna facultad universitaria. El departamento tendría que ser interdisciplinario, porque, como otros objetos de la cultura del último siglo, el blog se encuentra en medio de varios campos, desde la tecnología hasta la literatura, pasando por la antropología y sin duda la historia de las ideas. «Blog studies»… quizás la placa ya reluce en alguna puerta.

La idea que un blog pueda morir, me pareció particular. Sobre todo porque de paso nos permite deducir que hay vida en un blog. ¿Cuál es el pulso vital de un blog? ¿La cantidad de visitas, como si fuera un salón intelectual al estilo clásico, los reenvíos realizados desde sistemas de búsqueda, o simplemente el hecho que esté ahí, flotando en esa extraña dimensión que llamamos ciberespacio? Sé que la discusión parece alcanzar ribetes éticos, los que más de alguien considerará absurdo a esta altura del siglo, de las necesidades y las urgencias que efectivamente debieran ocupar nuestras divagaciones. No obstante el contexto y lo crítico de la situación del mundo real, no puedo negar que la pregunta por la vida del blog y la muerte del blog, alcanza además la vida del blogger y su muerte. Más de algún inocente superdotado creerá que ésta es otra más del Poder (malo, absoluto, divino y violento) y estará pensando en ligarla a la escalada de muerte que ocupa la prensa amarilla de los intelectuales. La muerte del arte, la de los grandes relatos, el fin del capitalismo y todas esas patrañas que hacen que los "intello" (como le dicen los franceses) se sientan que están en la cresta de la ola, a punto de reventar… En eso tienen razón… sin duda alguna… siempre, hoy más que ayer y un poco menos de mañana, estamos a punto de reventar y desvanecernos, ahora sí, para siempre.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Reseñas de amigos: una disputa bibliográfica

Alberto Duero, Revelaciones de San Juan
(Apocalipsis), xilografia, 1497-1498

A veces se hace difícil identificar ciertos elementos que conforman nuestra vida psíquica, cuando éstos ya se han convertido en hábitos arraigados que tienen la capacidad de hacernos pasar con facilidad del estar al malestar.

Con esta referencia a una dimensión sicológica general (me gusta el término porque de seguro es totalmente erróneo y anacrónico) presento estos elementos preliminares un tanto ambiguos, temiendo parecer demasiado severo, ya que no siempre nuestras opiniones son interpretadas como un aporte al bienestar común y el propio, sino son asumidas como una versión torpe de una moral de la que nos volvemos únicos predicadores.

No es que pretenda hacer una reseña de mis amigos, como si fueran libros o películas, pero es evidente que no es fácil escribir sin hacer referencia a una parte fundamental de la vida, tan importante como lo que leemos, lo que vemos y lo que conversamos. Zona donde por cierto cabe la categoría de «reseña de amigos».

Los amigos son quizás uno de los objetos interactivos más completos que se pueden encontrar (junto al perro y sucedáneos afectivos por el estilo). La amistad antecede a las formas actuales de dependencia tecnológica que causan tanta impresión a quienes crecimos con juguetes que, en su versión más avanzada, incluían una pila, o dos. Este factor tecnológico al poco tiempo los hacía caducar, no por su complejidad sino precisamente por la precariedad de sus sistemas. En este sentido no puedo dejar de recordar la propuesta del artista argentino Roberto Jacoby, cuando en algunos de sus proyectos colectivos como (Proyecto Venus o Bola de Nieve) reconoce la amistad como una tecnología esencial, acaso la más potente y renovable.

No obstante todas las características positivas que tiene esta forma de afecto, hay que reconocer también que, a veces, la cercanía nos juega malas pasadas y de una pacífica interacción se pasa a la contienda, perdiéndose cualquier acuerdo de base. En todo caso, lo bueno de los amigos es que se van a dormir a su casa y después de la discusión, si las cosas no terminan tan mal, la retomamos —como los libros— desde el lugar donde la dejamos. En otros casos, seamos realistas, ni siquiera nos acordamos que alguna vez habíamos empezado la lectura. Sin duda ya debe existir un manual, como aquel histórico de U. Eco sobre cómo se hace una tesis, pero sobre como conservar a los amigos. Sé que puede sonar a texto de autoayuda, pero en fin, muchas de las lecturas que hoy llamamos Filosofía fueron escritas con un objetivo similar. Volveré más adelante sobre el tema de los manuales y sobre el de Eco en particular. Antes quiero contar el caso que me motivó a escribir esta nota.

Hace una semana, conversando con un amigo y colega (el término es horrible, parece necrológico de diario de provincia pero me sirve para evitar cualquier infeliz escritura en clave) mientras hablábamos por teléfono sobre libros leídos y por leer, me sentí —sin yo quererlo— haciendo de antagonista.

Desde el inicio, apenas nos saludamos, me dijo que estaba mal, desgraciadamente yo ya me había declarado satisfecho con mi vida de lector. La conversación comenzó como un juego de ajedrez, uno con las negras, evocando las piedritas con que los romanos calificaban la suerte de los días y el otro (yo en este caso) con las blancas, representando a la buena fortuna.

Yo mencionaba un autor vivo, con un renovado estilo de escritura, ágil y comprensible, y mi amigo —a modo de respuesta— me daba un breve discurso sobre la muerte del diálogo, la imposibilidad de un lector y la catástrofe estética en la que Occidente se hundió desde hace un rato. Me sentía como un bufón que trata de hacer reír a un príncipe melancólico. No sé, quizás ese día era especialmente triste para él y particularmente alegre para mí, no lo sabremos. También podría ser que se tratara de una diferencia bibliográfica grave. Y lo digo no sólo porque se trataba de elencos que dejaban ver recorridos diversos, sino porque no pudimos resolver este forcejeo fácilmente. La conversación terminó con nuestros repertorios bibliográficos más distantes que cuando habíamos iniciado el coloquio. Yo mencionaba a Stendhal, él a Adorno, Burckhardt/Benjamin, Ruskin/Nietzsche, Proust/Loos, Warburg/Beckett, Borromini/Le Corbusier, etc… La sucesión representaba dos bibliografías bien claras. Una acentuaba las luces, la otra, las sombras. Una era ciertamente más ideológica y menos inclusivaque la otra. Este contraste me hizo pensar en dos aspectos que desequilibraban nuestra conversación.

Fue Gabriel Naudé, el primero en usar el término «bibliografía» hace más de cuatro siglos cuando le encargaron hacer un catalogo de libros y autores en un momento en el que no tenía cerca una biblioteca y no pudiendo citar con precisión los títulos ni describir las ediciones se excusó titulando la obra «Bibliographia Política» (Venecia, 1633) y que se puede traducir como "un catalogo a mano alzada".1

La segunda cosa en que me hizo pensar nuestra conversación era la compleja red de referencias bibliográficas que establecemos, dependiendo donde nos encontremos, y cuan revelador es revisar los componentes que nutren nuestro espíritu científico. Sé que puede sonar a tips nutricional, como los que vienen en las revistas de Sodoku, pero no me cabe duda que somos lo que comemos y, si de libros se trata, por cierto que somos lo que leemos. Es una tesis —como algunos platos— fuerte.

En este sentido —el de la dieta— mi amigo estaba triste y estoy seguro que es lo que come lo que, en parte, le está haciendo mal. Es más, conociéndolo como lo conozco (así como a otros de nuestra generación) estoy cierto que crecimos convencidos que lo que hace mal es mejor que lo que podría hacer que nos sintiéramos mejor ¿Me explico? Creo que en parte los valores que los intelectuales consideramos más profundos, serios y sustanciales, nos tiene convertidos en obesos mórbidos del pensamiento. Obvio, nos alimentamos de una dieta en blanco y negro, donde la negatividad es el carbohidrato base de la pirámide alimenticia. No digo que haya que eliminarlos de nuestros tentempiés y meriendas, pero sí pienso que debiéramos controlarlos.

El valor de la oscuridad por sobre la luz, lo complejo sobre lo simple, lo triste sobre lo alegre. Es así como hemos terminado saturados. Pareciera que la satisfacción que produce la negatividad, como si se tratara de un principio activo fundamental para la acción crítica, nos alejara de un régimen demasiado severo, del que nos distanciamos a medida que engrosamos. La intencionalidad crítica pareciera cumplir el rol que antes se le asignaba a la ideología misma y es esa sensación la que funciona como placebo, dejándonos sin capacidad de reacción y sobre todo de acción, haciéndonos creer que basta para cumplir nuestro rol fiscalizador. El intelectual comprometido (este término sí que es antiguo) es quien subraya los horrores y la discordia, el desastre inminente de un mundo colosal y negro. No lo sé, algo me dice que podríamos darle cabida a otros aspectos, no digo que la existencia sea el Paraíso, pero por qué anteponer las tinieblas como el paisaje ideal para nuestras divagaciones.

Hace treinta años, Alfonso Berardinelli, reseñando un libro que acababa de aparacer y que causaba furor en las universidades de Italia, criticó el libro de Umberto Eco, «Cómo se hace una tesis», 1977. En su ensayo, «L'estasi e la laurea» (que podemos traducir como «El extasis y la licenciatura», recopilado en: Il critico senza mestiere: scritti sulla letteratura oggi. Milano, Il saggiatore, 1983, p. 39-50) Berardinelli, insiste sobre el hecho que el libro de Eco adolece de cierta ceguera ante los hechos que habían golpeado el mundo universitario después de Mayo del '68. Pienso que no exagero si afirmo que lo acusa de ser anacrónico y moralista, de estar alejado de las circunstancias políticas y alejado del nuevo rol del estudiante y del académico en la realidad universitaria de ese momento. Un poco así sentí las palabras de mi amigo, las que me recordaban todo lo malo que ha ocurrido en el último siglo, como para que nuestra conversación telefónica tratara de frivolidades como la felicidad, la belleza y el placer de escribir. Algo me decía que si le decía lo que realmente estaba pensando en ese momento nuestra plática acabaría como cuando lanzamos lejos un libro que estamos leyendo.

No me era fácil superar la sensación de estar siendo reprendido por haber caído en la trampa enajenante que históricamente ha narcotizado la vida de los pueblos. En este caso, preferí callarme y dejar el juego en tablas. Sin embargo, su tristeza me hacía pensar en una propuesta de Raymond Aron, realizada diez años antes del mayo del '68, que destacaba un hecho concreto que describe perfectamente la vida intelectual, ya que mientras la religión puede considerarse el opio del pueblo, el poder es en realidad el opio de los intelectuales. Fuerte pero cierta.

Quizás la pena profunda que vive mi amigo se deba a que comienza a darse cuenta que devorar libros no nos conduce a la gloria, muy por el contrario. Sin llegar al extremo del hombre que devora libros en la imagen de Durero de las revelaciones de San Juan (Apocalipsis) que usé de frontispicio, creo que un cambio en la bibliografía puede cambiar nuestras vidas. Me preocupa cómo esto se traduce en las selecciones bibliográficas y cómo se refleja esto en un filtro general negativo, que es valorizado como si se tratara de un criterio de erudición superior que lo diferencia de la superficialidad.

Callé la frase de Aron, porque me hubiera hecho merecedor del título categórico de "burgués conservador". Sería más divertido si mi amigo me acusara de proletario conservador, pero en fin, eso hubiera cambiado el destino de la conversación. No resuelvo nada con arrepentirme ahora de no haberlo hecho. De todos modos, es un amigo y lo admiro como intelectual, no en todos los sentidos del término, claro está. Espero que no piense que tiene que aleccionarme para que no me pierda en los océanos de la autocomplacencia, y que conserve el placer al conversar con sus amigos. De otro modo, mejor saltamos todos por la ventana del planeta con libros y todo.

(1) Ver: Luigi Balsamo, La bibliografia: storia di una tradizione, Firenze: Sansoni, 1992

martes, 18 de noviembre de 2008

Intelectuales bonsai

Jacques-Laurent Agasse, Retrato de caballo (1794-95)
óleo sobre papel, 36 x 44cm, Colección privada


Hace un par de días conversaba por skype con una amiga en Chile, a miles de kilómetros de distancia de mi escritorio. Hablábamos de autores, libros, imágenes, es decir, de referencias. Mientras cada uno aportaba con una pieza a la alineación de lecturas recientes y relataba las últimas aventuras bibliográficas, di con una imagen que he buscado por años para describir la vida del intelectual en Chile.
La equivalencia que imaginé se relaciona con un tipo de equino, poco glamoroso, pero muy querido por los niños: el pony. Una especie que creció en un lugar aislados donde la falta de espacio y restricción nutricional, por cuestiones de adaptación, redujo su tamaño al mínimo. No somos menores sino miniaturas, no somos inferiores sino ajustados. En términos botánicos: intelectuales bonsai.
Esta reflexión puede parecer afectada por un tonillo aristocrático y europeizante, digno de quien habla desde el podio fiado del clasicismo greco-latino, el que sin duda se ve más fastuoso si se mira desde el agujero del fondo del cono sur y coloreado por el cristal del sentimiento común del resentimiento. En todo caso, soy sincero en el intento por explicarme cuestiones con un hondo trasfondo psicoanalítico. (Aparte) La metáfora que propongo, por la raíz liliputiense que encierra, quizás permita incorporar esta nota al género de la literatura utópica (feliz o infeliz).
Sé que la imagen del caballito es un tanto grotesca, pero me sirve para describir en parte las peripecias vividas durante mi formación. La situación insular, la altura de la cordillera, la ubicación general en el mapamundi, debiera considerar además la condición de distancia idiomática, así como la compleja red de migraciones que traza la historia de los referentes, cuestión determinante para la constitución del «pony chilensis».
Esta alegoría ecuestre me hizo pensar en una anécdota que viví hace algunos meses, cuando un académico romano me presentó una joven psicoanalista italiana en un pasillo de la universidad. La primera frase que ella pronunció, luego de decir su nombre, nos embarcó en una secuencia de equívocos, breve pero triste.
—¿Usted es chileno… como Matte?.
—¡Ah! sí, respondo, Matta, claro.
—No, dice ella, Matte.
—Insisto, con tono de duda ¿Matta, el pintor?
—No, responde sonriendo amable, Matte, Matte-Blanco, el psicoanalista.
Debo reconocer que en ese momento las patas traseras del pony flaquearon y a pesar de saberme un ávido lector, medianamente culto, algo me decía que en mi lista de chilenos tipo champion primero está Matte, Rebeca (la escultora). Era difícil que la señorita Freud conociese a tan notable artista nacional, a pesar que la Matte pasó parte de su vida en Florencia a comienzos del siglo XX. El siguiente en orden alfabético era Maturana, Humberto, eminente biólogo, a quien ella por cierto había leído (como gran parte de los estudiantes italianos). Qué vergüenza, el asunto iba mal, no se trataba del padre de la pintura, ni de la madre de la escultura, ni del padre de la neuro-lingüística y, así y todo, aún no hacía pié en la genealogía criolla.
En ese momento se me ocurrió hacer algo que los chilenos sabemos hacer y le pedí perdón, aceptando que no conocía ni remotamente al personaje:
—¿Matte-Blanco?… disculpa pero no lo conozco ¿Quién es? (en italiano esto suena más digno, lo juro).
Quienes lean esta nota y tengan una formación en psiquiatría y psicología seguramente se reirán a carcajadas de la descripción del humanista perplejo o del bochorno del chileno ignorante que se cree «inteló», como dicen los franceses, ¡y-no-conoce-a-Matte-Blanco!

Ignacio Matte-Blanco, nació en Santiago en 1908 y falleció en Roma el año 1995. Elemental, tuvo olfato y se resistió a las inclemencias y penurias insulares, abandonando la manada y buscando otros corrales. Sé que mi relato parece como si estuviera haciendo la reseña del Rey León, pero es verdad. Cuando empecé a leerlo con el entusiasmo que caracteriza al obsesivo en falta, supe que en Europa y Estados Unidos se reconoce a Matte-Blanco como uno de los más grandes teóricos post-freudianos. Esto no lo digo yo ahora que sé, ni Wiki, sino las revistas y libros donde fui a buscar, luego del impasse. Publicó fundamentalmente en inglés. En español se conoce su primer libro Lo psíquico y la naturaleza humana, Santiago, 1954, más algunos artículos en recopilaciones. La obra con la que alcanzó fama mundial se titula The Unconscious as Infinite Sets: An Essay in Bi-Logic, Londres, 1975. Una verdadera cantera para quien quiera entrar en un nuevo rumbo de las lecturas postfreudianas, incluido por cierto el campo de la filosofía y la estética. Luego, Thinking, Feeling, and Being. Clinical Reflections on the Fundamental Anatomy of Human Beings and World, Londres, 1988. Sus escritos sobre arte y poesía fueron reunidos en una edición italiana titulada Estetica e Infinito, Roma, 2000.

En Chile existe un instituto clínico que lleva su nombre, durante el mes de octubre hubo varios congresos con motivo del centenario de su nacimiento, pero algo hace que no suene en otros contextos. Por lo tanto, me pregunto: ¿Por qué no aparece nombrado en las bibliografías de los cursos de filosofía, teoría del arte y estética que están repletos de títulos sobre psicoanálisis, si Matte-Blanco escribía en los mismos años en que se gestaba el vocabulario anti-edípico y los tubérculos sobreesdrújolos que se sirven en la cocina del texto de arte chileno crecía en las mesetas parisinas? ¿No será que los que han comprado el libro han preferido leerlo del original, dejando a Matte-Blanco por casi treinta años entre sus tesoros ocultos, sin que los otros ponies conozcan su obra? ¿Recuerdan a Skar, el hermano malo del Rey León, tío de Simba?
La respuesta-pregunta del inocente pillo sería:
—¡Cómo! ¿Me vas a decir que no lees inglés? ¡Por favor! Leer a Matte-Blanco en español es un pecado.
En fin, mejor pensar que se trata sólo de una tara congénita y que una característica de la vida del pony pasa por un comportamiento egoísta debido al trauma de la escasez.

Para el psicoanalista chileno la matriz de trabajo que le permitió pensar un más allá del modelo tradicional fue la noción de "marco referencial". Este concepto ya me parece un regalo para los discursos de las artes. Cito del libro del '54:

"Nuestros conocimientos del mundo, cada uno de ellos, son en un último término un conocimiento de relaciones [...] Un hecho es una cosa que está siempre definida respecto a un marco de referencia y este marco a un sistema de relaciones. De este modo una misma «realidad» puede ser descrita en relación con diferentes marcos o sistemas de relaciones, algunos de los cuales pueden ser más adecuados y pertenecer a un orden más general que nos permita hacer previsiones más cuidadosas y más numerosas" (Matte Blanco. Op. cit., 1954, p. XXXI.)

En su libro El inconsciente como conjunto infinito, en el que trata de problemas de psicoanálisis y las matemática, Matte-Blanco plantea asociaciones y términos que estoy seguro podrían ayudar a pensar la historia y la teoría del arte chileno y, por qué no, parte de nuestros problemas políticos.
¿Por qué este libro no habrá encontrado aún un editor en español? Una publicación de este tipo haría posible reconocer los orígenes de las diversas líneas referenciales, siempre parciales, como todo árbol genealógico, con dudas y vacíos, pero sobre todo permitiría explicar algunas cosas. Ciertas mañas, algunos tics y, por cierto, resistencias congénitas derivadas del hecho de haber nacido en estas tierras angostas.
Me pregunto ¿Será cuestión de self el que nadie lo haya traducido?
—¡Sí!, responde Skar desde el ángulo más oscuro de la sabana, ¡Asuntos de my self!

lunes, 3 de noviembre de 2008

Imágenes, libros y libros con imágenes

Portada del libro de Nick Hornby, «The complete Pollysyllabic Spree»,
editado en italiano por Guanda con diseño de Guido Scarabottolo, títulado «Una vita di lettore» 2006.


En la librería que hay cerca de la biblioteca donde voy, la sección de narrativa mide más de treinta metros de largo por dos de alto. Ayer lo calculé. Esto no considera ni policiales, horror, erotismo y viajes, que están aparte. Sé que los metros no significan nada y que lo importante es la calidad de la selección. Sin embargo, desde que entré por primera vez a una de estas megalibrerías no dejo de fascinarme con el espectáculo de la acumulación de libros y la cantidad de autores y títulos que implica el sólo hecho de recorrer con la mirada los lomos de los libros en los anaqueles.

Para un pseudo-lector que viene de un continente lejano, las librerías de los países desarrollados resultan fascinantes (no puedo superar el tic-biopolítico, ¡caramba!). Estas extrañas bibliotecas que funcionan a base del tradicional trueque capitalista, dinero por libro, están llenas de miles de ejemplares. Son cientos de editoriales que publican colecciones de los más variados temas, desde el best-seller más popular al libro especializado. Es evidente, son países ricos y lo que me sucede como visitante es que al haber estado sometido a una larga exposición al subdesarrollo, el paisaje de libros me afecta intensamente como si se tratara de la naturaleza expresándose en el «sublime económico». Sin embargo, a pesar del shock, he sido capaz poco a poco de aventurarme en zonas desconocidas. Cómo lo he conseguido, simple, desarrollando nuevas estrategias de adaptación (como diría Darwin) apenas veo el nombre de un autor que conozco me lo salto o inicio la búsqueda leyendo sólo los títulos y después el autor, o sigo a otros clientes como si se tratara de brújulas vivientes.

Tengo la costumbre de seguir el orden alfabético de los autores cuando visito una librería, según el ordenamiento bibliográfico tradicional y es eso lo que trato de evitar. Esta vez no necesitaba nada especial, quería recorrer con la vista los títulos, sentir el placer de pasar de uno a otro, deslizándome por el tobogán de las asociaciones. No sé lo que hay dentro de los libros, sin embargo éstos dejan entrever parte en sus títulos así como en su aspecto externo. A veces, en seguida descubrimos que no había nada de lo que imaginamos dentro, pero eso ya es otra cosa.

Aparte —un chiste posible— «Literatura Comparada es el estudio de lo que hay dentro de un libro comparado con lo que su título suponía».

Decidí recorrer los treinta metros siguiendo la disposición de arriba abajo, es decir, primero la primera fila y así sucesivamente. Un metro de libros cuyos autores comienzan con la silaba Ab, luego Ar, Be, Bu, Ce, etc. Fantástico, un título y luego otro y otro, como si se tratara de cuadros en un museo. Un título, una imagen, una asociación y por cierto un salto, casi un crujido, provocado por los títulos inoportunos, poco sugerentes, o los colores absurdos de algunas cubiertas (reservo el tema para otra nota). También están los libros perdidos, cambios bruscos ocasionados por otros clientes que distraídos o aburridos dejan el libro que tomaron en cualquier parte; o la irrupción violenta de la imagen elocuente de una cubierta que supera ampliamente el contenido y el título, un cuadro que he visto en otro libro, una fotografía. Fue así como un día caí en la letra D, más bien una extraña clasificación que tienen en esta librería en la que De es considerado la silaba inicial de los autores con apellidos compuestos. En fin, fue así como di con un libro de Alain de Botton, «Consolaciones de la Filosofía» (The consolations of Philosophy, 2000). Tomé el libro porque la traducción italiana está editada por Guanda y la cubierta la había diseñado Guido Scarabottolo un verdadero genio del género «cubierta de libro». El volumen además tenía imágenes en blanco y negro entre los textos, cuestión que me recordó a las novelas de Sebald o los libros de Le Clézio (el misterioso nobelista, por el Nobel, claro). De Botton logró cautivarme con su prosa llana e irreverente en cuanto a algunos temas que han ocupado a la filosofía durante el último siglo y que logra reconsiderar con desenvoltura y agudeza. Lo compré y apenas lo terminé, partí a la librería a comprar otro. Esta vez me decidí por «Arquitectura y felicidad» (The architecture of happiness, 2006), donde aplica con magistral inteligencia un principio estético concebido por Stendhal, bastante descuidado por los teóricos del arte y la estética contemporánea, y que resulta clave para salir del callejón en el que Kant nos dejó hace más de dos siglos. La sentencia de Stendhal es genial en su simplicidad: «La belleza es una promesa de felicidad». Sin duda la felicidad es un excelente criterio para liberarnos de la condena de la noción de gusto de una vez por todas, ya verán como algún día el sofisma del gusto se extinguirá.

De Botton propone un panorama ecléctico del desarrollo de la arquitectura. Seguramente un arquitecto contemporáneo considerará que es de un nivel de conservadurismo, anacronismo y clasicismo absurdo para nuestros tiempos. Sin embargo, se atreve a proponer comparaciones interesantes y sugiere asociaciones visuales y conceptuales que dan que pensar y que lindan con los tabú más delicados de nuestro siglo. Para los que creen que la critica siempre es política, la de ellos y sus amigos, De Botton parecerá la reencarnación del Burgués abstracto al que los intelectuales más fundamentalistas temen como si fuera su propio fantasma. Término que usan como insulto, como si se tratara del peor de los improperios. No saben que para los que venimos de lugares donde la educación y la salud se pagan, la condición de burgués es una esperanza a la que se aspira y espera. Las palabras de De Botton resultan especialmente inspiradas en ciertos aspectos de un cambio que quisiera imaginar como posible para la arquitectura y el urbanismo.

La semana que terminé de leer el libro sobre arquitectura tenía que viajar en tren al menos doce horas para llegar al otro extremo de Italia, fue entonces cuando decidí emprender la travesía junto a otro libro de De Botton, «El arte de viajar» (The art of travel, 2002). En general no leo sucesivamente tres libros de un autor —salvo excepciones como cuando descubrí por primera vez a Borges, Yourcenar o Proust— sin embargo me esperaban veinticuatro horas de tren y De Botton permite esta especie de fidelidad porque en su prosa hay una proporción entre lo que prometen sus títulos y lo que entregan sus textos. En un cierto sentido haber llegado de esta manera a De Botton es como visitar un lugar, claro que, a diferencia como ocurre con algunos viajes, así como con otros libros, las expectativas se cumplen. En fin, estas son las sorpresas que nos depara no seguir el orden alfabético, se conocen nuevos autores, nuevos lugares.

jueves, 9 de octubre de 2008

Dante y el carnicero



En cada pueblo o ciudad de Italia, si el célebre poeta italiano le dedicó un sólo verso, éste aparece grabado en mármol en un lugar destacado. Ningún italiano se quejaría si sugiriera que hay una toponimia dantesca, es decir un catálogo conformado por todos los lugares que Dante menciona en su magna obra. De hecho hay una «Enciclopedia Dantesca» publicada por primera vez entre 1970 y 1978, seis volúmenes de mil páginas, que recogen las anotaciones de los mayores especialistas. Sin embargo, como sabemos, la palabra «dantesco» sirve también como antonomasia para referirnos a situaciones más parecidas al infierno que al cielo, lo que transforma su significado en el mismo momento que usamos el término.
Cuando empecé a escribir este blog mi propósito era darle un destino a mis notas de viajes. Sin embargo, con el tiempo, se volvió una forma de viaje en el que cada texto me llevó por una geografía diferente. Sé que suena sentimental, no es que me sienta desolado en un vacío que motive una agorafobia creativa, por el contrario, este espacio se ha vuelto un lugar amable a pesar de lo indeterminado que pueda resultar una dirección en la web. Tranquilos, esto no es el comienzo de un relato de ciencia ficción ni mi diario de vida como «sujeto bio-político».

El problema de los itinerarios que la escritura misma propone, especialmente los que asocian lugares imaginarios con la tierra de nadie a los que nos llevan los vagabundeos de la razón, es que, como todo espacio, limitan con otros. Cuando uso el término problema, lo digo en un sentido positivo: sin problemas no habría motivo para dedicarse con pasión a tal o cual cosa. En fin, me estoy alargando para decir una cosa muy sencilla. Querámoslo o no, todo lugar tiene un confín, no necesariamente expresado con cercos, tapias o paredes, sino que, en el caso del pensamiento, está representado por zonas sombreadas que anuncian la presencia de otras personas que antes han estado allí. Ya se estarán preguntando, para qué esta vuelta por tanto paraje fraseológico, cuando en realidad eso se llama «miedo a las influencias» y es un síndrome de autor como cualquier otro. Síntoma bastante común en todas las áreas de la producción, especialmente las artísticas y que, motivado por mi vanidad, estoy transformando en alegoría de los confines del conocimiento, mi propia ignorancia, intentando consolarme.

Hace pocos días, mientras viajaba por la campiña de la toscana (suena bien, ¿no?) me di cuenta que sufro de cierta aprensión cuando escribo sobre libros y mezclo anécdotas con cosas que he leído. Esta sensación, tan primitiva como la escritura misma, se debe a la fuerza con que se me aparecen aquellos vestigios de otras escrituras, estilos y formas. Verdaderos fantasmas, porque más que sentir los límites impuestos por otros que estuvieron antes, imagino el regreso de sus antiguos dueños. Fue esto lo que me hizo pensar en Dante. Mientras las hileras de cipreses se reflejaban en el espejo del auto, me sentí aliviado por dos motivos. Primero, por el hecho que no era yo el que conducía en ese momento revelador, arriesgando la vida de las personas con que viajaba y, segundo, sentí el consuelo de no ser poeta. Entre viñas, villas y valles vi la sombra de Dante e imaginé lo que podía ser intentar escribir un sólo verso mientras se comparte el mismo suelo con un poeta de su proporción, sin considerar a Petrarca, Marino, Montale o Ungaretti. En mi caso, esta especie de versión de Carpenter de zombis literarios es más modesta, se trata de autores más recientes como Borges, Praz y por supuesto Eco, que vendría a ser el último que ha dominado la escena en este sentido.

Afortunadamente, luego de un par de curvas llegamos a nuestro destino, Panzano in Chianti. Un pueblo que está en la cumbre de uno de los cerros por donde pasa la ruta llamada «la chiantigiana». Habrán oído hablar del vino italiano y esas botellas con un tejido de paja en la base, icono de la postal italiana. Dicen que es para que no se rompa, pero en realidad es para que cuando la gente se da de botellazos, sirva de protector (como el box en las Olimpiadas). El pueblo es de una belleza que sólo se puede encontrar en estos lugares donde lo bello se acuñó como concepto (es mi yo bio-político que se me sale sin querer, disculpen). Las casas están exactamente en la parte más alta, de modo que la vista del atardecer es un espectáculo. Luego de un par de tentativos de dar con el lugar, una señora que parecía celebrar los mismos años que el poeta tardo medieval, nos dijo cómo llegar: al final del pueblo, hay una calle, de ahí a la izquierda.



La carnicería se llama Cecchini y es conocida mundialmente por vender «la fiorentina», una especie de entrecot o lomo de medio a un kilo de peso. ¿Qué tal? El carnicero, un sujeto que si lo describiese Zola o Flaubert diría que corresponde a la composición de varios personajes integrados, porque nadie puede ser así, alguien tiene que haber escrito a Dario Cecchini. Pero ya saben, la naturaleza imita la naturaleza del arte y además estábamos ahí, era real. Hablaba de carnes y cecinas con una retórica más que sagaz y sabía vender de esa manera exigente como sólo una estrella puede hacerlo. Es decir: —Si no le gusta, vaya a buscar su filete a otro lado, acá lo hacemos así. Sin embargo, ésta no es la única singularidad de esta carnicería. En el segundo piso tiene un restaurante donde se pueden probar los cortes y, dicen, que en los momentos de mayor jolgorio el carnicero recita a Dante. Sí, sabe la «Divina Comedia» de memoria, verso por verso. Eso es lo que yo llamo una carnicería dantesca. Me gusta la combinación, un carnicero erudito en carnes y en poesía. Por lo demás, domina lo único que hay que saber para vivir en esos parajes, después de todo, aquí tanto el sol como la sombra llevan el signo del poeta. Un carnicero versado, vende carne de peso.



Según me explicaba el cocinero, el animal es sacrificado con especial cuidado para que su muerte sea lo menos dolorosa posible, se deja reposar despostada al menos un mes, para que recupere la serenidad luego de ese duro momento. La «fiorentina» se cocina en dos tiempos (fascinante) primero se pone al asador cinco minutos por los seis lados. Sí, es un polígono casi regular, «more geometrico». Luego se lo deja descansar cinco minutos para que la temperatura alcance el centro y la sangre que guarda en su interior después del sellado se caliente (de otro modo sería un roastbeef, otra cosa). Una vez de vuelta al fuego se le da otro giro parabólico y ya. Maravillas de la termodinámica.

Dante, como es fácil de imaginar, en varios pasajes del poema se refiere a la carne, por lo general nada tiene que ver con la acepción culinaria, sino hace referencia a la carne de la que estamos hechos los humanos, complemento de los huesos a los que está pegada. En tres momentos Virgilio y Dante deben precisar a las ánimas maravilladas del Purgatorio que son de carne verdadera (v. 33 y XXIII, 123) carne de Adán (XI, 44) porque es un hombre vivo quien realiza el viaje al más allá. Viajes, ¿de eso se trata este blog, no?

Lamentablemente, una vez de vuelta en la biblioteca, descubrí que Dante no habla de Panzano, el pueblo de la carnicería. Es más, busqué en un diccionario general de toponimia italiana y nada. Lamento no haber dado con la cita precisa para hacerle honor a al poeta y por cierto al carnicero que motivó esta nota. Y, por último, si Dante no escribió sobre Panzano, quizás el día que pasó por ahí la carnicería estaba cerrada o era el Día de los Muertos y todos estaban de viaje, vaya uno a saber.


SIGNORELLI, Luca
Dante Alighieri
1499-1502
Fresco
Capilla de San Brizio, Duomo, Orvieto

martes, 30 de septiembre de 2008

La novedad del libro antiguo





uando se piensa en la reseña de un libro, en general eso significa que éste ha sido recientemente publicado, traducido o reeditado. Sin embargo, cuando se pasa gran parte del día en una biblioteca, como es mi caso, en medio de una colección de miles de libros antiguos, la posibilidad de que caiga en nuestras manos uno de menos de cien años es baja. Hoy pensaba en eso mientras ojeaba en una librería cercana a la biblioteca (…sí voy a una librería después de estar todo el día en una biblioteca) un libro que publicó Nick Hornby el 2006. Se trata de una compilación de la columna que tuvo por tres años en la revista «The Believer», bajo la rúbrica original de «Polysillabic Spree», y que en la edición italiana se llama «Una vita di lettore». La forma en cómo está hecha la reseña mensual de los libros de Hornby es un espectáculo, divide cada artículo en libros comprados y libros leídos. Esto me pareció fascinante, comprendo muy bien lo que significa comprar más de lo que uno es capaz de leer. Hace algún tiempo que amenazo a mis libreros con la posibilidad que un día deje de comprar y empiece a leer en una proporción inversa a la curva constante de adquisiciones de los últimos veinte años. Pero hay algo más que me atrajo de la forma en la que escribe Hornby, y es el humor que incorpora a un trabajo tan serio como puede ser la crítica literaria. Nací en un país en el que —con algunas contadas excepciones— la frase aquella que asegura que la risa abunda en la boca de los menos inteligentes, se ha asumido como parte del escudo patrio.

o obstante esta premisa intelectual, como canta Johansen, gracias a mis paseos por inacabables listas de libros impresos entre el siglo XV y XVII, algo me dice que es posible vivir una vida menos polarizada, alejada de la pesadumbre exclusiva de una conciencia social hiperactual, la que —seamos sinceros— no sirve de mucho, sobre todo si la contrastamos con la banalidad reluciente de la que gozan los que viven en la cresta de la ola. A propósito, Hornby menciona entre cientos de anécdotas y datos bizarros de sus columnas, el hecho que si nos dedicáramos a leer solamente la lista de libros que se han publicado desde que se inventó la imprenta (título y autor) precisaríamos quince años de nuestras vidas. Eso vaya como respuesta para los comisarios que disfrutan recordándonos la necesidad de comprometernos hoy con la escritura. Quizás en qué espacio temporal de una lectura futura de un futuro lector esté eso que acabamos de escribir, pensando en hacer de éste un mundo mejor hoy mismo.


ara quienes piensen que paso mis días en una especie de «all-inclusive» para eruditos, pues bien, les aseguro que el cocktail del bibliógrafo es dulce, porque combina una abundante cantidad de imágenes de libros de botánica, hidráulica, anatomía, metalurgia, emblemática y armas, con textos de poesía, filosofía, arte y literatura. Todo, en ese mundo donde la cantidad de libros es geométricamente menor en la medida que nos alejamos del «off-set», y la historia permite una suerte de buena convivencia, ayuda a que nuestros paseos a la orilla del mar de tinta sean iluminados por los rayos de un sol grabado por Durero. No quisiera caer en una corriente erudita que disfruta solamente de las exquisiteces que el trae el río de la memoria antigua. Sin embargo, junto a los libros de emblemática, los de empresas, los que recuerdan la vida de hombres ilustres, todos, nos ayudan a terminar bien cada lectura, teniendo la sensación que en los libros queda guardado algo más que frases célebres.


l libro de reseñas de Hornby (más bien de las reseñas de las reseñas de Hornby) posee ese sabor. El tipo es feliz con lo que hace y eso es evidente. Es así que nos lleva por las páginas como si fuera un paseo que no tan sólo nos entusiasma con la lectura, sino con el acto mismo de pasear. No quiero transcribir las bromas que hace mientras trata de resumir la lectura del "Cándido" de Voltaire o desaconseja seguir más allá de lo que nuestro cerebro, como si fuese un sistema digestivo, nos permite digerir.



os libros siguen ahí. Es verdad que la competencia de la televisión y las nuevas tecnologías que nos ayudan a tener más tiempo hacen que a la hora de llegar a los textos sólo queramos dormir. Quizás, si nuestra brújula intelectual fuera afinada para pasar de las penas a la risa con mayor facilidad, permitiendo que la lectura no sólo significara el peso de las ideas, sino también el aire fresco que hasta en los libros más antiguos se encierra, la vida sería otra. Se trata de esa especie de elíxir que permanece entre las páginas aunque no hayan sido abiertas hace siglos. Esto no lo digo porque una ficha bibliográfica indique que fue impreso en el siglo XVI, sino porque he tenido la suerte de encontrar cosas guardadas entre las páginas. Fragmentos de cartas, tarjetas de agradecimiento e incluso una colección de animalitos recortados y coloreados por algún monje cuya lectura fue suspendida cuando, en 1860, la unificación italiana trajo vientos violentos a estas tierras. Es así, a veces es la vida la que aporta el lado oscuro, no tenemos para qué empeñarnos en leer una selección que incluya sólo lo peor de nosotros mismos.

ace algunos días, buscando en unos libros de metalurgia del siglo XVI, di con otra cosa que no estaba buscando pero que sí encontré. Se trata de una letra, esas capitales con que se inician los textos antiguos y que aún perduran en los libros que imitan los libros antiguos. En lenguaje de bibliófilos se llaman «iniciales parlantes». No es que conociese el nombre antes, pero cuando vi que la letra tenía toda una narración encerrada en 3,5cm. x 3,5cm., me pareció que tenía algo diferente a otras que había visto. Mi intuición resultó abrir una nueva pista de lecturas y hallazgos. Se trata de una tradición de los tipógrafos del siglo XVI, nacida en Venecia, alrededor del 1530, cuando, en la imprenta de G. Giolito, se empezaron a usar una letras capitales decoradas con escenas que no coinciden con lo que la palabra significa ni son alusivas al texto que ilustran. Son similares a las que ilustraban los incunables, pero éstas, en términos técnicos, son acrofónicas. Sé que suena poco amistoso, pero me pareció que era un indicio de una especie de mundo paralelo, que siempre ha estado ahí y que debido a la costumbre no reparamos en ellas, asociándolas a las características antiguas iluminadas. Estas son distintas, son xilografías independientes: una imagen en sí, sin considerar la palabra, ni el texto. Hay libros escritos sobre esto, di con un par de ellos y ahora no puedo dejar de pensar en cuantas cosas en el mundo funcionan del mismo modo que estas pequeñas letras al borde de un texto. Las «iniciales parlantes» inician su propia historia, como indicios del inconsciente del propio tipógrafo y luego, en la tradición, como parte de un abecedario que sirvió para que otros escribieran con las mismas iniciales otras palabras y otras historias. Representan objetos, animales, cosas, una escena mitológica, un personaje, en fin, son parlantes, prescinden del texto y la palabra que encabezan y cuentan una historia. Sé que puede parecer una asociación lejana, un lapsus de mi parte, pero estas letras me sirven para explicar comportamientos genéticos de muchas cosas de la vida cotidiana. Como por ejemplo elegir el próximo libro, fascinarnos con un objeto o pensar en una cosa completamente descabellada en el momento en que nos dicen una palabra que empieza con una letra que nos conduce por los insólitos caminos de las asociaciones. Sí, la mente por momentos funciona precisamente así, de manera acrofónica. Recientemente el mitólogo francés Marcel Detienne tituló una conferencia: «Comparar lo incomparable». Es así, todo se puede asociar: Hornby, la vida en una biblioteca, las iniciales iconográficas parlantes y, por cierto, la memoria misma. ¡Me estaba olvidando de la memoria!

martes, 23 de septiembre de 2008

Interior familiar




Hace unos días encontré en una librería una publicación relativamente reciente de Stephen King, titulada On Writing, que incluye una pequeña autobiografía, además de una serie de consejos sobre escritura del genio del terror. No dudé en comprarlo, me cautivó la manera descarnada en que relataba los hechos vividos, tal como luego comprobé que él mismo aconsejaba a sus lectores, ávidos de un consejo hacia el best-seller. Tal vez influenciado por este manual de King, me decidí a publicar este pequeña crónica de una escena que vi en un tren hace pocas semanas.
Viajaba en un Eurostar entre Roma y Lecce, una ciudad barroca al final de la Puglia. En los cuatro asientos que están justo en diagonal, viajaba una familia compuesta por un hombre mayor, su mujer y un hijo de aproximadamente dieciocho años que padecía algún tipo de retraso mental. Apenas el tren empezó a moverse entramos en esa especie de suspensión que se vive dentro de estas máquinas. No obstante los progresos tecnológicos, al mantenerse el orden tradicional de los asientos, todo recuerda esas primeras pinturas en las que se ve el interior del tren (primera y segunda clase incluida), especialmente aquellas pintadas por H. Daumier, pero también, las primeras fotografías y, por cierto, el primer film de los hermanos Lumière, a fines del XIX.
El silencio inicial termina rápidamente. La gente comienza con el ruido incesante que producen las bolsas plásticas y el uso de los teléfonos celulares, así como la conversación constante que vuelve insoportable el ambiente. En ese momento, el hijo de esta familia que contemplo como si fuese un cuadro viviente, empieza a hacer algunos ruidos extraños, silvidos y gestos, a un volumen que no es mayor al de la gente que conversa o habla por teléfono, pero más inquietante. El padre decide que es momento de almorzar: saca una bolsa, pan, un poco de jamón y una botella de agua. El muchacho se inquieta aún más, grita, hace un ruido aún más extraño, como de una sirena. El padre saca un cuchillo para hacer los sandwich. El cuchillo es de un tamaño completamente desproporcionado para el tentempié que prepara. El muchacho trata de tocar el cuchillo, el padre lo controla con una sola palabra en dialecto. Concluyo que es sordomudo, algo hay en la proporción de los sonidos que no corresponde, una discordancia entre el volumen, el tono y el espacio acústico. El muchacho mira el cuchillo con más interés que el sandwich que le ofrece su padre. Finalmente acepta el pan. Comienza otra fase de la escena.



Cada una de las mascadas que le da al pan son más y más grandes, los padres miran por la ventana el paisaje, mientras comen a su vez, cada uno, uno. El muchacho podría ahogarse en cualquier momento con uno de los pedazos que, con dificultad, va engullendo. Masca con decisión, el pan es muy seco, es evidente. Cuando termina de tragar, el padre, con un gesto mecánico, le da una botella de agua de medio litro, que bebe de una sola vez. Al final, juega con su lengua tratando de sacar hasta la última gota. Es una especie extraña de simio, es un animal, grande y fuerte, al mismo tiempo que no es más que un niño grande. Una vez que la madre le quita la botella, empieza a buscar entre las bolsas donde el padre había ordenado los restos del improvisado almuerzo. Es obvio, busca el cuchillo. La escena inocente de un tren que cruza los campos que antiguamente fueron ocupado por los héroes armados con espadas, se hace presente instantáneamente. César, Aníbal, Augusto o Mucio Scaevola, quienes hoy no son más que parte de la historia o de la mitología reviven en el gesto inocente del muchacho. Él desconoce la referencia histórica, no obstante, se hacen presentes para él las escenas que ha vivido inevitablemente. Me refiero a las que propone la televisión o la convivencia cotidiana con otros niños. Su gesto es inocente, pero al mismo tiempo peligroso, podría terminar en un drama. El padre le quita el cuchillo y lo guarda con especial cuidado. Se trata de un instrumento doméstico que tiene la capacidad de transformarse en arma. Mientras lo controla, intentando que entienda que no tiene derecho a usarlo, inevitablemente consigue fijar en la memoria del muchacho el objeto.
No obstante las palabras del padre, mi mente no se tranquilizaba con las mismas ordenes que le da a su hijo. Mientras, en el fondo del vagón, aparece el inspector, que es lo más parecido al cherif del tren. El niño vuelve a hacer los ciclos de silvidos y ruiditos con la boca. Cuando el inspector llega para revisar los boletos, suena su celular, responde con tono doméstico a una llamada doméstica. Corta y sigue revisando los boletos. El ring-tone es el pito de una vieja locomotora, el niño queda completamente desconcertado e inmediatamente imita el sonido casi a la perfección.
La escena familiar sigue su curso, mi presencia es circunstancial. El padre se duerme. Yo no podía dejar de pensar que el viaje tomaría un curso dramático.
Un tren de alta velocidad que cruza los campos del sur Italia, sirve de teatro para la resolución de un drama, al mismo tiempo que para una coincidencia histórica. Aquel mundo perdido de las estructuras míticas de la tragedia, que fundan la cultura occidental, siempre familiar (padre, madre, hijo) podía darse cita a pocos metros de mi asiento. El hijo que asesina a sus padres con un enorme cuchillo que inexplicablemente el padre a traído al viaje, contrasta con el ambiente extrañamente tecnológico representado por un tren que no emite ya el sonido que el celular del inspector reproduce y que recuerda una vieja locomotora. Quizás ése será el móvil de la escena final, entre los sonidos y la reminiscencia de un mito, eternamente brutal, que pude reiniciarse a través de un niño que decide, sin querer, matar a sus padres.

Roma-Lecce, 2008.